NUESTRA TAREA: INSTAURARLO TODO EN CRISTO (Lunes)
La Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, es una fiesta litúrgica instituida por el Papa Pío XI en el año 1925. Eran los tiempos posteriores a la primera guerra mundial (1914-1918). Él juzgaba que el rechazo de Cristo y de su Evangelio en la propia vida y costumbres, en la vida familiar y social, era la causa última de tantas calamidades que afligían al género humano. El deseo de Pío XI era hacer un llamado a todos los católicos a cooperar decididamente para que el Señor Jesús volviese a tener la primacía en los corazones, familias y sociedades de todo el mundo. He allí la razón y el sentido de esta fiesta.
¿Se ha progresado en este objetivo? ¿Están nuestras sociedades y nuestras familias más cristianizadas que hace unas décadas? ¿O es que al contrario Cristo ha sido cada vez más relegado, rechazado o desterrado en las familias y naciones católicas?
Y como todo cambio en la familia o sociedad necesariamente pasa por el tema de mi propia conversión, puedo preguntarme: ¿Cuánto reina Cristo verdaderamente en mi corazón? «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37), dice el Señor. ¿Soy yo “de la verdad”, es decir, soy de Cristo? ¿Escucho las palabras de Cristo, las atesoro y guardo en mi memoria y corazón? ¿Se refleja la primacía de Cristo en mi modo de pensar, en mis opciones, en mis obras y en mi vida cotidiana? ¿Procuro obrar de acuerdo a lo que Él me enseña? ¿Obedezco a Cristo y a su Iglesia? ¿Quién gobierna mi vida? ¿Cristo? ¿O mis pasiones y mi pecado? «¡No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias!» (Rom 6,12)
¡Que el Señor reine en nuestros corazones! ¡Vivamos según la verdad que Cristo nos ha revelado! ¡Pongamos por obra sus palabras! ¡Hagamos lo que Él nos dice! Y así, perteneciéndole totalmente a Él, con la fuerza de su gracia y de su amor, luchemos y trabajemos infatigablemente por instaurarlo todo en Cristo, bajo la guía de Santa María.
MEDIOS CONCRETOS
1. ¡Es todo un mundo lo que hay que transformar: de salvaje en humano, y de humano en divino! No es tiempo de cristianos cobardes, que esconden su fe y se avergüenzan de mostrarse católicos, que se dejan intimidar por los enemigos de Cristo que quisieran recluir la Iglesia a la sacristía, que nos hacen sentir como si fuésemos ciudadanos de segunda clase, indignos de ser escuchados y tenidos en cuenta en la construcción de la sociedad, que reclaman que la fe sea algo que se mantenga exclusivamente en el ámbito privado y que no es aceptable que se proclame públicamente. ¡No! No podemos ocultar nuestra fe. Si Cristo de verdad reina en mi corazón, ese reinado se difunde por la acción. ¡El fermento fermenta la masa entera! El Señor nos llama a hacer brillar nuestra luz ante los hombres, «para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» (Mt 5,16) ¡A vencer, pues, nuestras cobardías y complejos! La consigna “instaurarlo todo en Cristo, bajo la guía de María” llama a la corresponsabilidad, al ingenio, a la creatividad y a la generosidad para sacar adelante proyectos que ayuden a transformar las familias y sociedades de nuestro tiempo con la fuerza del amor y de la verdad de Cristo. ¿Qué puedo hacer yo frente a un mundo que rechaza a Cristo? ¿Cómo puedo ayudar a construir desde el Evangelio una sociedad mas justa, fraterna y reconciliada? ¿Qué puedo aportar para hacer retroceder las tinieblas con la verdad de Cristo? Estos cuestionamientos no pueden faltar en quien se ha dejado conquistar por Cristo. Deben movernos a la acción comprometida, a asumir un compromiso social, a mostrar a todos nuestra fe y participar en la medida de las propias posibilidades y capacidades en algún proyecto de evangelización y promoción humana.
2. La firme resolución de no permitir que el pecado reine en mí me llama al combate espiritual. En este combate es importante aplicar las reglas básicas, como son:
a) No “dialogar” mentalmente con la tentación, es decir, no “darle vueltas” a la idea o sugestión cuando aparece en la mente, rechazar la tentación de plano, con un rotundo “no pensaré en esto”, “no haré lo que me sugiere esta tentación”. Piensa en otra cosa.
b) Huir de toda “ocasión de pecado”, es decir, no acercarme a lugares, cosas o personas que favorecen la caída. Nunca te digas a ti mismo: “me siento fuerte, puedo manejarlo, no me pasará nada”. Eso es no admitir nuestra humana fragilidad. Serás tentado si te pones en esas ocasiones o situaciones, y tarde o temprano, caerás.
c) Obrar de modo contrario a como sugiere la tentación: el mal se vence haciendo el bien (Ver Rom 12,21), el vicio se corrige adquiriendo la virtud contraria.
d) En esta lucha contra el mal no dejemos de buscar en el Señor nuestra fuerza, pues sin Él no podremos vencer. Sólo con Él seremos fuertes, por ello, no dejes de recurrir con regularidad a los sacramentos de la Eucaristía y Reconciliación, y sé perseverante en la oración, pues es necesario rezar «siempre y sin desfallecer» (Lc 18,1) para no caer en tentación (ver Mt 6,13; 26,41).

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