¡PREPARÉMONOS PARA LA VENIDA DEL SEÑOR! (Lunes)

Comienza el tiempo de Adviento. Cada uno de nosotros debe proponerse vivir intensamente este tiempo como preparación para la celebración del Nacimiento del Niño Dios. Ayuda ciertamente una preparación exterior: buscar adornar nuestras casas, oficinas, lugares de trabajo, cuartos, etc. con símbolos y frases que expresen la espera del nacimiento del Señor. Es oportuno recordar que la Navidad no es “Papá Noel”, no se reduce a los regalos, tampoco a una ocasión para reunirse en familia, o una época para hundirse en la melancolía por los que ya no están. ¡La Navidad es Jesús! No podemos dejar de insistir en que sin Jesús no hay Navidad, por ello no podemos permitir que una cultura cada día más secularizada nos arranque a Jesús de nuestras mentes, de nuestros corazones, de nuestras familias y de nuestras sociedades que aún tienen algo de cristianas.

Pero el tiempo de Adviento no sólo mira a una preparación externa, a prepararnos desplegando símbolos navideños y juegos de luces, horneando dulces y galletas, comprando regalos para expresar nuestro amor y cariño a las personas que más queremos. El Adviento nos invita a una preparación más profunda, una preparación y purificación interior para el encuentro definitivo con Aquél que viene. No podemos olvidar en medio de los afanes y preocupaciones de cada día que el mismo que nació hace dos mil años en Belén volverá nuevamente al final de los tiempos en toda su gloria. Aquél día, a decir de San Agustín, «será para cada uno aquel (día) en que salga de este mundo tal y como deba ser juzgado.» Así, pues, conviene avivar la conciencia de que en este mundo sólo estamos de peregrinos, que vamos al encuentro del Señor, que Él viene a nosotros y que al salir de este mundo con Él nos encontraremos, ante Él nos presentaremos para darle cuenta de lo que hicimos o dejamos de hacer con los talentos que Él nos confió a cada uno de nosotros.

Por tanto, no podemos vivir pensando que esta vida lo es todo como tantos que atrapados por las vanidades, ocupados y afanados en miles de cosas importantes o no, preocupados por divertirse y pasarla bien mientras pueden, no esperan ya en nadie, no esperan ya a ningún Salvador. Si miramos a nuestro alrededor, descubriremos que pocos creen ya que al final de sus días tendrán que presentar un “balance de su gestión”. Y aunque muchos dicen que creen en Dios, viven como si Dios no existiera porque se han creado un dios a la medida de su comodidad. Sus planes, sus proyectos e ilusiones, sus esfuerzos, luchas y sacrificios tienen como meta última esta sola vida y olvidan la eternidad que se nos avecina. Sus máximas aspiraciones, sobre todo de nuestros jóvenes, se reducen a llegar a “ser alguien en la vida”, tener una buena carrera, gozar de prestigio y poder, tener el dinero suficiente que les permita disfrutar las comodidades y los gozos que la vida les presenta (liberados de todos los límites morales tradicionales), formar una familia sin que la alianza matrimonial signifique necesariamente un “para siempre” sino “mientras dure el amor”. La esperanza de tantos está puesta en alcanzar el éxito, tan pasajero y efímero al fin. No es de extrañar que tantos que piensan y viven así terminen creyendo que la felicidad como un estado permanente para el ser humano es una cruel ilusión, que no existe tal felicidad y que lo único que se puede lograr son sólo algunos destellos fugaces de alegría, gozo o placer.

¿Pero es lo que ofrece este mundo todo lo que el ser humano puede esperar, todo a lo que puede aspirar? ¿Más allá de lo pasajero de este mundo hay algo consistente que dure para siempre y que sea la fuente de un gozo perenne? ¿Qué pasa con aquellos que esperamos más, que percibimos fuerte la necesidad del Infinito, la necesidad de ser felices no sólo por unos momentos, sino para siempre y en compañía de quienes amamos? ¿Qué pasa con quienes no nos contentamos simplemente con “pasarla bien” para luego sentirnos nuevamente tan vacíos, solos, abandonados, cada vez más frustrados y decepcionados de la vida?

Para quienes todavía esperan “contra toda esperanza”, para aquellos que aún esperan en Dios y esperan de Él la salvación, ¡Dios se ha hecho hombre! Y no sólo eso: Jesucristo, el Hijo del Padre eterno que nació de María Virgen, nos ha reconciliado en la Cruz, y resucitando ha abierto para todos los que creen en Él las puertas de la vida eterna, una vida plena de felicidad en la que nuestros más profundos anhelos serán plenamente saciados.

En este tiempo de Adviento los cristianos estamos llamados a intensificar nuestra esperanza en el Señor y en sus promesas, una esperanza que alienta y sostiene nuestra diaria lucha por ser santos, una esperanza que nos lleva a prepararnos para el encuentro definitivo con Aquél único que sacia los anhelos más profundos de amor, de paz, de felicidad de todo ser humano.

¡Recordemos, pues, que Cristo viene a nuestro encuentro! Y, llenos de esperanza, demos razón de nuestra esperanza a tantos que en el mundo carecen de ella (ver 1Pe 3,15).

MEDIOS CONCRETOS

1. Busca adornar tu casa, tu cuarto, tu lugar de trabajo, con símbolos CRISTIANOS y frases que expresen la espera del nacimiento del Señor. ¡Recuerda y recuerda a los demás que la Navidad es Jesús!

2. En casa la corona de adviento debe tener un lugar principal. En torno a ella sería muy bueno realizar cada Domingo una celebración de la fe, junto con toda la familia o comunidad. Una propuesta para dicha celebración la encuentras en http://www.multimedios.org/navidad/liturgias.htm

3. La preparación y el adorno exterior debe ser signo de otra preparación: la de nuestros corazones. Escribe San Juan: «Todo el que tiene esta esperanza en él [el Señor Jesús] se purifica a sí mismo, como él es puro» (1Jn 3,3). Quien vive la esperanza se purifica a sí mismo de todo pecado, despojándose «de las obras de las tinieblas» y revistiéndose «de las armas de la luz». Todo vicio debe desaparecer de mi vida para que las virtudes de Cristo brillen en mí. Así podré ser yo también una luz de esperanza para muchos que viven sin esperanza en el mundo. Así pues: ¿de qué vicios o pecados debo despojarme? ¿Qué virtudes –además de la esperanza- puedo vivir especialmente en este tiempo? No olvidemos que este es un tiempo muy propicio para vivir más aún la caridad con todos.