¡SEÑOR, YO CREO, PERO AUMENTA MI FE! (Lunes)

En cada Misa asistimos a un inaudito milagro del Amor divino: cuando en la celebración el sacerdote pronuncia “en persona de Cristo” las palabras de consagración, el pan en sus manos se transforma por virtud del Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo, y el vino en la Sangre de Cristo. Aunque de modo invisible, el Señor Jesús entonces se hace REALMENTE PRESENTE en su Cuerpo y en su Sangre, para ofrecerse a nosotros como verdadera comida y bebida.

De ese modo misterioso Él ha querido fortalecernos y sostenernos en nuestro caminar, nutrirnos de su Amor y constituirse para nosotros en prenda de vida eterna: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51).

La Eucaristía nos invita a una “experiencia cotidiana de fe”, a rezar ante el magno Misterio de la Presencia Real del Señor con aquella humilde súplica de los apóstoles: creo, Señor, pero “auméntanos la fe” (Lc 17,5). Sí, la fe en la Presencia Real del Señor en la Eucaristía no puede ser fruto de nuestro raciocinio personal o acaso “violencia” mental, pues ¿cómo comprender y creer que Dios esté REALMENTE PRESENTE en la Hostia consagrada, cuando ante nuestros ojos no aparece sino como un insignificante pedazo de pan? ¿No parece esto el mayor absurdo posible? ¿No son “duras estas palabras”, motivo para que muchos también hoy se echen atrás (ver Jn 6,60-66)? La fe en la presencia del Señor en la Eucaristía es un DON que hay que implorar humilde e insistentemente: ¡Señor, yo creo, pero aumenta tú mi pobre fe!

MEDIOS CONCRETOS

1. ¿Sabes lo que es un milagro eucarístico? Ya la Eucaristía, como hemos dicho, es en sí mismo un asombroso milagro. Pero éste reclama nuestra fe, pues aún después de la consagración el pan sigue apareciendo como pan, y el vino como vino, aunque la fe nos enseña que ya no es pan común, sino el Cuerpo de Cristo, que ya no es vino, sino la Sangre de Cristo. Ante la incredulidad de tantos creyentes, incluso sacerdotes que dudaban de este milagro invisible, Dios ha querido darnos algunas pruebas visibles de la realidad de este milagro inisible. A través de los milagros eucarísticos, el Señor parece decirnos también a nosotros como a Tomás: «Trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.» (Jn 20,27) De entre estos milagros el más impresionante es el de Lanciano. Para conocerlo visita: http://www.corazones.org/lugares/italia/lanciano/a_lanciano.htm

2. Conscientes de que es el mismo Señor Jesús el que está allí realmente presente en el Tabernáculo, no dejemos de salir a su encuentro. Las visitas al Santísimo son una singular ocasión de estar junto al Señor Jesús dejándonos ver y abriendo los ojos del corazón a Él, escuchándolo en el susurro silencioso de su hablar y haciéndole saber cuanto vivimos, y necesitamos, y agradecemos. Esta semana procuremos ahondar en nuestra relación personal con el Señor visitándolo en la capilla del Santísimo, por ejemplo, antes de empezar los trabajos de la jornada.

3. Creer en el Señor, verdadera y realmente presente en la Hostia consagrada, reclama ciertas actitudes, posturas y normas de comportamiento cuando estamos en su Presencia, así como determinadas disposiciones interiores y condiciones para poder recibirlo en la sagrada Comunión. Si quieres informarte sobre esto (¡sería muy bueno y recomendable!) entra a nuestra sección de subsidios, específicamente a esta dirección: http://temasdeiglesia.synodia.org/node/58

4. En nuestra sección de subsidios puedes encontrar también un comentario a la pregunta sobre la comunión de rodillas y en la boca: http://temasdeiglesia.synodia.org/node/136 así como también el testimonio de un pastor evangélico que se convirtió al catolicismo al encontrar en la Biblia los argumentos sobre la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía: http://temasdeiglesia.synodia.org/node/135