¡YO TE ENVÍO! (Lunes)

También hoy el Señor necesita apóstoles audaces, colaboradores suyos, hombres y mujeres que le presten sus labios. También hoy el Señor te llama a ti y te envía a anunciar su Evangelio a cuantos más puedas, y donde puedas. Si tú no respondes, dejarás un gran vacío. Si tú no respondes, ¿quién lo hará por ti?

Si como Isaías objetas: ¡“soy un hombre de labios impuros” (Is 6,5)! ¿Cómo puedo anunciar al Señor, si soy tan pecador? También el Señor “retira tu culpa, perdona tu pecado” (Ver Is 6,7) en el sacramento de la reconciliación. Ya no tienes excusa para responder al llamado que te hace el Señor.

Si como Moisés objetas: no soy “hombre de palabra fácil… sino que soy torpe de boca y de lengua”, me siento tan incapaz y poco preparado, también a ti el Señor te dice: “anda, que yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que debes decir” (Ex 4, 10-12).

Si como Jeremías escuchas la voz del Señor que te dice: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí” y le dices: “Ah Señor, mira… que soy un muchacho”, muy joven aún, también el Señor te responde: “No digas: ‘soy un muchacho’, pues donde quiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. No les tengas miedo, que contigo estoy yo” (Jer 1,5-8).

MEDIOS CONCRETOS

1. Para anunciar al Señor debo llevarlo muy dentro, debo haberme encontrado con Él, y debo encontrarme con Él cada día. Ello sólo es posible si procuro tener una vida espiritual intensa que implica ante todo la oración perseverante, visitas frecuentes al Santísimo, meditación continua de la Palabra del Señor, vida sacramental (Eucaristía dominical y confesión frecuente).

2. El apostolado no sólo beneficia a quien por ti se encuentra con el Señor. ¡También te beneficia a ti mismo! ¿Acaso el anuncio no nos exige “estar bien”? ¿Cuántas veces pensamos: “no puedo anunciar al Señor, porque soy indigno, porque soy incoherente, porque he pecado?” ¡Nunca abandones tu apostolado por creer que no eres digno porque eres un pecador! Al contrario, renuévate en tu compromiso apostólico, persevera en tu apostolado, no abandones a las personas que el Señor te pide acompañar, educar en la fe, sostener. ¡Que las personas que el Señor pone a tu cuidado sean para ti un aguijón para luchar más intensamente contra tu pecado! Si tú los abandonas, ¡ellos se dispersarán! Que el saber que otros necesitan de ti, de tu fidelidad, de tu perseverancia, te lleve a ponerte de pie si caes, a luchar más intensamente por ser santo, por ser santa.