¿QUÉ DEBO HACER PARA GANAR LA VIDA ETERNA? (Lunes)
La parábola del buen samaritano está situada en el contexto de una pregunta trascendental: «¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» (Lc 10,25). La cuestión es esencial a todo ser humano. Se la hace toda persona que viene a este mundo y que toma conciencia de la finitud de su existencia: ¿no dura nuestra vida en la tierra unos pocos años? Sabemos que en un momento moriremos, ¿y luego qué? ¿Qué será de mí? ¿Qué será de mis seres queridos? La pregunta crea angustia, y por eso muchos prefieren evadirla “viviendo el momento” y “gozando de la vida” (Ver Sab 2,1ss), aprovechando las oportunidades para obtener una falsa seguridad en el poder, el tener o el placer desordenado, persiguiendo espejismos que al desaparecer los dejan cada vez más vacíos, tristes y desilusionados. ¡Cuántos se llenan de trabajo, actividades o diversiones con tal de no pensar en su destino eterno! Pero la realidad sigue allí, lacerante, inevitable: un día moriré, ¿y después qué? ¿Qué será de mí y de mis seres queridos, por toda la eternidad?
Nosotros, hombres y mujeres de fe, creemos en Dios, creemos que todo proviene de Él y a Él todo se dirige. Creemos también que Él nos ofrece en su Hijo la vida eterna (Ver Jn 3,16), por la participación de su misma vida y naturaleza divina (Ver 2Pe 1,4).
Mas esta vida eterna, que Dios ofrece y promete a quien quiera recibirla, hay que conquistarla. ¿Cómo conquistar la vida eterna? ¿Qué debo hacer? Cumplir los mandamientos de Dios, que se resumen en el amor: alcanzaremos la vida eterna amándolo a Él sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. He allí lo que debes hacer para ganar la vida eterna. Si amas como Cristo nos ha enseñado, si abres tu corazón a Dios que es Amor, si acoges en tu corazón ese amor que Él derrama en ti por su Espíritu y lo expresas en tu vida diaria haciéndote prójimo, es decir, próximo y cercano de aquellos que necesitan de ti, «tendrás la vida eterna».
MEDIOS CONCRETOS
1. «Haz esto y tendrás la vida eterna… Vete, y haz tú lo mismo». De esta manera el Señor Jesús invita a sus discípulos a la acción concreta. El amor al prójimo no puede quedarse en buenas intenciones, buenos sentimientos o palabras vacías. El amor a Dios necesariamente se expresa en el amor al prójimo, un amor que se vuelca a la acción decidida. Como enseña San Juan, «si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1Jn 4,20). ¿Cómo puedo amar al prójimo concretamente? El amor al prójimo se expresa especialmente con las obras de misericordia que «son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2447).

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