¡SEAMOS HOMBRES Y MUJERES DE ORACIÓN Y ACCIÓN! (Lunes)

¿Quién no tiene infinidad de “cosas que hacer”? Como Marta, cada día andamos de un lado para otro, “a las carreras”, “estresados” por tanto trabajo, estudio y exámenes, actividades sociales, sin poder o saber hacernos un tiempo para “sentarnos a los pies del Señor” para escuchar y meditar tranquilamente su Palabra.

Y cuando logramos darnos un tiempo, ¡qué difícil es hacer silencio en nuestro interior! La agitación y las distracciones nos persiguen, nos sacan de lo que debemos hacer en ese momento: escuchar al Señor, dialogar con Él, dejar que la luz que brota de sus enseñanzas ilumine nuestra vida y conducta, nutrirnos de su Presencia, de su amor y fuerza para poder poner por obra lo que Él nos dice (Ver Jn 2,5).

En medio de tanto quehacer, abandonar, postergar o descuidar el encuentro y diálogo íntimo con el Señor aún cuando nuestras actividades buscan servirlo a Él, es caer en lo que el Señor reprocha tiernamente a Marta: «te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola». En aquella circunstancia concreta de la vida el Señor enseña a Marta que debe aprender a dar la debida prioridad a las cosas: mientras Él está allí no es lo más importante organizarle a Él y a los discípulos que lo acompañan una comida abundante o llenarlo de todas las atenciones posibles, sino que lo más importante es escucharlo, aprender de Él, atesorar sus enseñanzas para ponerlas luego en práctica.

También nosotros debemos aprender a darle al encuentro con el Señor un lugar prioritario en nuestra jornada, buscando un tiempo adecuado para la escucha y meditación de la Palabra del Señor. Sólo en este diario y perseverante ejercicio podremos permitir al Espíritu que nos vaya “cristificando”, es decir, que nos vaya haciendo cada vez más semejantes al Señor Jesús en su modo de pensar, sentir y actuar: «La oración restablece al hombre en la semejanza con Dios.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2572)

Al nutrirnos diariamente de estos momentos fuertes e intensos de encuentro con el Señor podremos hacer que toda nuestra acción se vaya haciendo cada vez más acción según el Plan de Dios, tornándose la acción misma un continuo acto de alabanza al Padre, una liturgia continua. Es justamente a esto a lo que debemos aspirar si queremos ser verdaderos discípulos de Cristo que sean luz del mundo y sal de la tierra: a una oración sin interrupción, por la que permanecemos siempre en presencia de Dios.

MEDIOS CONCRETOS

1. Si no lo he hecho aún, es necesario que me proponga una hora fija para la oración cada día, la que más me convenga y permita estar despejado/a, es esencial. También es esencial que sea una hora en la que sea poco probable que me interrumpan. Si todos los días rezo a la misma hora, es mejor, porque así es más facil crear el hábito de la oración. Es esencial que yo mismo considere esa hora como “inamovible”: que POR NADA DEL MUNDO deje de rezar a la hora que me he propuesto (salvo que sea REALMENTE necesario). Rechaza la tentación de “mejor rezo más tarde, ahora no tengo ganas, o estoy muy cansado, etc.”

Pero, ¿a qué oración nos referimos específicamente? Nos referimos a los «tiempos fuertes de la oración cristiana, [fuertes] en intensidad y en duración» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2697). Una visita larga al Señor en el Santísimo para dialogar con Él como quien habla con el Amigo... una meditación en base a un pasaje o cita de la Escritura, o la “oración mental” o “lectio”, que puede prologarse entre 10 a 30 minutos diarios. Estos momentos constituyen un “sentarse a los pies de Jesús” para escuchar su palabra, meditarla y acogerla en el corazón para luego poder ponerla por obra.