SEÑOR, ¡ENSÉÑANOS A ORAR! (Lunes)

Al ver al maestro en oración, el discípulo experimenta la necesidad de rezar él también. ¿Pero cómo orar? ¿Cuál es la mejor manera o el método seguro para comunicarse con Dios? ¿Y quién mejor que el mismo Jesucristo para enseñarnos a orar? Así, ante la súplica de los discípulos que le dicen “enséñanos a orar”, el Señor les propone una plegaria sencilla y concreta: el “Padrenuestro”.

Muchos hoy hacen una distinción entre “orar” y “rezar”. Definen que “rezar” es tan sólo repetir una fórmula, mientras que “orar” es dialogar espontáneamente con el Señor. A quien corre el riesgo de pensar que el diálogo espontáneo con Dios es superior y preferible a “rezar” con alguna fórmula establecida, conviene recordarle que lo que Jesús enseñó a sus discípulos es justamente una fórmula, que millones de cristianos vienen rezando desde entonces, fieles a la instrucción del Señor. ¡Qué importante es rezar con esta oración que el Señor mismo nos ha dejado como una preciosísima herencia!

Obvio que existe el peligro de la rutina, que lleva a recitar la oración del Padrenuestro como podría repetirla un loro, sin entender el contenido de sus palabras y súplicas. Así terminamos vaciándola de todo contenido y haciendo de ella un puro parloteo. ¡Cuántos creen que rezan porque al final del día balbucean un Padrenuestro apuradamente, antes de acostarse, como si eso fuera rezar!

Sin embargo, bastaría rezar bien esta oración cada día, dándole el verdadero peso y sentido a sus palabras y súplicas, para que nuestra vida quedase transformada. Para ello es necesario profundizar en el sentido de lo que rezamos en esta preciosa oración, elaborada por el Señor mismo para enseñarnos cómo orar.

MEDIOS CONCRETOS

1. Procura rezar todos los días el Padrenuestro pausadamente, en la mañana antes de empezar la jornada, tomando conciencia de cada una de las palabras que pronuncias con los labios y procurando con la gracia de Dios vivirlas intensamente a lo largo de tu jornada.

2. Profundiza en cada una de las palabras o peticiones del Padre nuestro. Lee para ello los números 2779 – 2856 del Catecismo de la Iglesia Católica.