SEÑOR, ¡ENSÉÑANOS A ORAR! (Jueves)
Continuamos la oración y decimos: “El pan nuestro de cada día dánosle hoy”. Esto puede entenderse en sentido espiritual o literal, pues de ambas maneras aprovecha a nuestra salvación. En efecto, el Pan de Vida es Cristo, y este pan no es sólo de todos en general, sino también nuestro en particular. Porque, del mismo modo que deci¬mos: “Padre nuestro”, en cuanto que es Padre de los que lo conocen y creen en Él, de la misma manera decimos: “El pan nuestro”, ya que Cristo es el Pan de los que entramos en contacto con su Cuerpo.
Pedimos que se nos dé cada día este Pan, a fin de que los que vivimos en Cristo y recibimos cada día su Euca¬ristía como alimento saludable no nos veamos privados, por alguna falta grave, de la comunión del pan celestial y quedemos separados del Cuerpo de Cristo, ya que Él mis¬mo nos enseña: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
Por lo tanto, si Él afirma que los que coman de este pan vivirán para siempre, es evidente que los que entran en contacto con su Cuerpo y participan rectamente de la Eucaristía poseen la Vida; por el contrario, es de temer, y hay que rogar que no suceda así, que aquellos que se pri¬van de la unión con el Cuerpo de Cristo queden también privados de la salvación, pues el mismo Señor nos conmi¬na con estas palabras: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Por eso, pedimos que nos sea dado cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que todos los que vivimos y perma¬necemos en Cristo no nos apartemos de su Cuerpo que nos santifica.
San Cipriano, Tratado sobre el Padrenuestro, 18.22.

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