¡GUÁRDATE DE TODA CODICIA! (Lunes)

Hoy mucho parece girar en torno al dios-dinero: se trabaja para tener no sólo una seguridad económica razonable sino para tener la mayor abundancia posible. Por el dinero o la repartición de las herencias surgen tantas desavenencias entre hermanos, conflictos, divisiones, se generan odios y se maquinan venganzas e incluso asesinatos. La ambición se apodera de muchos corazones cuando el dinero está en juego, y en nuestras sociedades tan materialistas pareciera que la vida de tantos se configura en torno al tener: los que tienen para no perder lo que tienen y para tener más; los que no tienen o tienen poco, para llegar a tener más y para elevar su “estatus” social. A diario vemos como los hombres o mujeres que se dejan llevar por el ansia del tener, por la codicia, se deshumanizan y se vuelven cada vez más egoístas e insensibles a las necesidades de los demás. Y aunque se creen dueños de su propio dinero, en realidad son sus esclavos. Se creen ricos, pero viven en la pobreza más espantosa: la del espíritu.

¿Pero por qué se ambiciona tanto la riqueza, a veces a niveles obsesivos y enfermizos? El dinero ofrece una sensación de poder y dominio: “poderoso caballero, don dinero”, reza una sentencia popular. ¡Cuántas cosas se pueden alcanzar en este mundo cuando se tiene dinero! Tal es su poder que “hace girar al mundo” en torno a uno. Así, quien todo lo puede comprar, cosas lícitas como también ilícitas, experimenta una engañosa sensación de seguridad: “mientras tenga dinero, nada me faltará, nada tengo de qué preocuparme”, parece ser su convicción. Sin embargo el Señor advierte que se trata de una falsa sensación de seguridad, pues la vida de uno no está asegurada por sus bienes. Los bienes nada pueden contra la muerte, que viene inexorablemente y puede llegar en el momento menos esperado, cuando más seguros nos sentimos.

El Señor nos invita a estar atentos para no ceder a la codicia, que nos lleva a poner nuestra seguridad última en las riquezas. Ellas no podrán comprarte la vida eterna, todo lo contrario, por el apego a ellas, por poner en ellas tu confianza, existe el riesgo de que pierdas la eternidad: «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8,36). Mas esos mismos bienes pueden ayudarte a ganar el Cielo si con actitud desprendida sabes hacer un recto uso de ellos, administrándolos con sabiduría, para beneficio de muchos: «No amontonen tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonen más bien tesoros en el Cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben» (Mt 6,19-20). Ser generoso y desprendido, ayudar a otros con tus bienes, con obras de caridad o de promoción humana y cristiana, es hacerte rico a los ojos de Dios y atesorar riquezas en el Cielo.

MEDIOS CONCRETOS

1. Frente a la codicia, frente a la tendencia a aferrarme a lo que tengo, debo recordar constantemente esta verdad: yo no soy dueño de lo que poseo, sino sólo un administrador. Dios me ha dado todo lo que soy, tengo y puedo alcanzar en la vida. Si todo lo he recibido de Dios, ¿no conviene que también yo aprenda a ser generoso como Él ha sido y es generoso conmigo? ¿Cómo puedo hacer un buen uso de mis bienes, para poder ayudar a otros? No perdamos de vista que sólo somos peregrinos en este mundo, y que el Señor nos pedirá cuentas de lo que hicimos con los bienes y talentos que Él confió a nuestra administración. A quien ha sabido administrar rectamente esos talentos, multiplicándolos para beneficio de todos, el Señor lo premiará con abundancia.

2. La Iglesia necesita de la generosidad de sus hijos para sustentar vocaciones, realizar obras sociales, de promoción humana, proyectos apostólicos, misioneros, educativos, etc. ¿Cómo ayudo yo a la Iglesia y a sus obras? Si no lo haces aún, busca modos concretos de ayudar. ¡Sé siempre generoso en el sostenimiento de la Iglesia!