SEAMOS BUENOS ADMINISTRADORES DE LO QUE DIOS NOS HA CONFIADO (Lunes)
¿Por qué existo? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Cuál es mi misión en el mundo? Son preguntas fundamentales que todo ser humano que llega al uso de razón se hace, preguntas que también nosotros nos hemos hecho en algún momento de nuestra vida. Responder a estas preguntas es esencial, pues de su recta respuesta depende nuestra realización, nuestra felicidad. ¿Cómo puede alguien llegar a su destino final, si no sabe quién es, de donde viene, a donde va? ¿Cómo puede llegar a la meta si no conoce la ruta, el camino? Ese anda desorientado, confundido, perdido. Para no andar sin sentido ni rumbo en la vida, tenemos que conocer la respuesta a esas preguntas. Nosotros hemos encontrado las respuestas en el Señor Jesús, porque Él es LA RESPUESTA a las interrogantes más profundas y esenciales del ser humano.
En Él hemos comprendido que «la vida de todo hombre es una vocación dada por Dios para una misión concreta». La vida es una “vocación” (del latín “vocare” = “llamar”) porque es un llamado a la existencia que Dios nos ha hecho desde su amor y sabiduría, para participar de su misma vida y felicidad en la comunión divina de su Amor. Ese es nuestro fin último. Y es en vistas de nuestra propia realización y misión en el mundo que Dios nos ha dado a cada uno, ya desde nuestra concepción, «como un germen, un conjunto de aptitudes y de cualidades para hacerlas fructificar; su floración, fruto de la educación recibida en el propio ambiente y del esfuerzo personal, permitirá a cada uno orientarse hacia el destino que le ha sido propuesto por el Creador» (S.S. Pablo VI, Populorum progressio, 15).
Descubrir mi propia vocación y misión en el mundo, saber quién soy verdaderamente y qué es lo que Dios me pide en sus amorosos designios es esencial no sólo para que yo pueda llegar a ser feliz, sino también para ayudar a muchas otras personas que dependen de mi respuesta. Sólo entonces podré llegar a ser un buen administrador de los bienes, dones y talentos que Dios ha depositado en mí para mi propia realización y para beneficio de muchos.
MEDIOS CONCRETOS
1. ¿Ya sabes qué te pide Dios concretamente, cuál es la misión que Él te confía en el mundo? ¿Conoces cuáles son los dones y talentos que Dios te ha dado para el cumplimiento de tu misión en el mundo? Reflexiona sobre los talentos, cualidades o bienes que tienes. Luego pregúntate: ¿Estoy administrando rectamente todos estos dones y talentos que Dios me ha dado? ¿Los uso buscando servir a los demás, o busco únicamente mi propio provecho? Pregúntate asimismo: ¿Cómo puedo servir mejor a los demás con estas cualidades que Dios me ha regalado, o con mis bienes? ¿Puedo ser más generoso? ¿Puedo comunicar mejor mis bienes y talentos? ¿Qué puedo hacer para aportar en mi familia o en los ambientes en los que estudio o trabajo a generar una “cultura de la solidaridad”? Proponte cambios concretos.
2. A la luz de la parábola del administrador fiel y solícito pregúntate: ¿Soy responsable en el cumplimiento de las obligaciones que derivan de mi propia vocación y misión en el mundo (como casado, sacerdote, consagrado/a, estudiante, etc.)? ¿Soy fiel en lo grande y también en lo pequeño? Haz una lista de las obligaciones y responsabilidades que el Señor te ha confiado, y evalúa cómo las estás cumpliendo. Pregúntate: ¿cómo evaluaría el Señor mi “gestión”, si viniese en este instante? ¿Qué debo cambiar o mejorar? Renuévate en el fiel cumplimiento de tus obligaciones, proponte ser fiel en lo pequeño para que así llegues a ser también fiel en lo mucho. Recuerda cada día que “a quien mucho se le dio, mucho se le pedirá”.

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