¡DICHOSA TÚ QUE HAS CREÍDO EN DIOS! (Lunes)

La dicha o bienaventuranza de la que Santa María goza en cuerpo y alma en el Cielo es el gozo que Dios nos promete a cada uno de nosotros, quienes en este mundo andamos buscando cómo y de qué modos podemos saciar nuestra hambre inextinguible de felicidad. ¡Queremos ser felices, porque Dios ha puesto ese anhelo en nuestro corazón! ¿No quisiéramos “aprisionar” para siempre los momentos de verdadero gozo? ¡Quisiéramos que no pasen jamás, que se prolonguen por toda la eternidad! Y eso, o mejor, mucho más que eso es lo que Dios nos ofrece, lo que Él nos promete por medio de su Hijo: «lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9).

María creyó firmemente en las promesas de Dios, por eso ha alcanzado ya el gozo pleno, la dicha sin medida, la felicidad inalterable en la eterna comunión de amor con Dios y en Él con todos los santos. ¿Cómo alcanzar yo esa misma felicidad y bienaventuranza? Creyendo como la Madre, aspirando a tener su misma preciosa fe, una fe que no sólo es adhesión mental y cordial a las verdades reveladas por Dios, sino que también es una fe que se manifiesta en las obras y conducta de vida, en hacer lo que Él nos dice (Ver Jn 2,5).

MEDIOS CONCRETOS

1. «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven» (Heb 11,1). ¿Tengo los ojos puestos en las realidades que no se ven? Como María, ¿espero el cumplimiento de las promesas del Señor? ¿Me mantengo firme en la esperanza, especialmente cuando paso por momentos de tribulación, de dolor, de sufrimiento intenso? ¿He perdido la confianza en el Señor? Medita y haz tuyas estas palabras del apóstol San Pablo: «Por eso no desfallecemos... La leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna, a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas» (2Cor 4,16-18).

2. La fe es un don. Esperar lo que no vemos, es una gracia. Como lo hicieron los apóstoles, pídele tú también al Señor con frecuencia: «Señor, ¡aumenta mi fe!» (Ver Lc 17,5).

3. Dice Santiago: «¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe?» (Stgo 2,14). Examínate: ¿Soy de aquellos que separan la fe de la vida cotidiana? ¿Digo que creo, y sin embargo obro como quien no cree? Haz una breve lista de las incoherencias que descubres en ti, y proponte esta semana ser más coherente cambiando una o dos de esas actitudes que van en contra de lo que nos enseña el Señor Jesús.