¡ESFUÉRZATE EN ASEMEJARTE AL SEÑOR JESÚS! (Lunes)
Hoy en día muchos católicos creen que alcanzarán la vida eterna viviendo en esta vida “sin hacer mal a nadie”, viviendo una vida cristiana acomodada a su medida, un catolicismo “light”.
Muchos otros están convencidos de que, en contra de lo que enseña Cristo y su Iglesia, luego de esta vida vendrán sucesivas reencarnaciones, y que habrán muchísimas oportunidades para ir purificando sus almas hasta llegar a ser como dioses. Según esta doctrina tan de moda hoy en día, nadie se condenará. Para ellos y para muchos otros “católicos”, el infierno no es sino una invención de la Iglesia, una doctrina creada para infundir el miedo en los creyentes y tenerlos sometidos a su dominio.
Suelen argumentar quienes niegan la existencia del infierno o se resisten a creer en él: “si Dios es amor, ¿cómo puede existir el infierno? ¿Cómo puede Dios-Amor querer que alguno de sus hijos se condene por toda la eternidad? Un padre nunca puede querer la infelicidad para sus hijos, no puede querer que sufra lo inimaginable por toda la eternidad”.
Quienes así razonan desoyen esta advertencia del Señor: «Esfuércense en entrar por la puerta estrecha. Les digo que muchos intentarán entrar y no podrán». La enseñanza es clara. No da lugar a suavizaciones ni relativizaciones: quienes no responden a su condición de hijos, serán excluidos de la salvación ofrecida por el Señor Jesús, y eso no porque Dios no los ame, sino porque su amor lo lleva a respetar nuestras decisiones libres. Dios ha hecho todo lo posible para nuestra salvación. Quien en esta vida tiene la oportunidad y se niega a abrirle la puerta de su corazón a Dios y a su Enviado Jesucristo, se excluye a sí mismo de la Comunión con Dios por toda la eternidad. Él no puede sino respetar nuestra libertad, y no puede haber otro lugar para quien insiste en rechazar a Dios —ya sea negándolo explícitamente o viviendo como quien no cree en Él— que el «estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1033).
MEDIOS CONCRETOS
1. Quien quiere pasar por una puerta estrecha, no puede hacerlo con una enorme mochila cargada a sus espaldas. Del mismo modo, debemos despojarnos de todo “lastre de pecado” para correr esta carrera que se nos propone (ver Heb 12,1-2) para conquistar el premio de la vida eterna (ver Flp 3,12-14). Pregúntate: ¿De qué vicio debo despojarme? ¿De qué virtud debo revestirme? Proponte cambiar. Pide a Dios la fuerza y esfuérzate día a día para lograr asemejarte un poco más al Señor Jesús en una virtud concreta.
2. Pasar por la puerta estrecha es “pasar” por Aquél que ha dicho de sí: “Yo soy la puerta” (Jn 10,9). Pasar por la puerta estrecha es asemejarnos cada vez más al Señor Jesús. ¿Cómo? Aplica una sencilla regla: ¿qué pensaría, o qué sentiría, o cómo actuaría el Señor en esta circunstancia concreta? Luego de mirar el Señor Jesús y de recordar sus enseñanzas, procura pensar, sentir y actuar como Él. De ese modo estarás entrando por la puerta estrecha.
3. En el esfuerzo cotidiano por conquistar la vida eterna no podemos olvidar que sin el Señor nada podemos hacer (ver Jn 15,4-5). Nuestros necesarios esfuerzos sólo darán fruto en la medida que sean una decidida cooperación con la gracia divina que Dios derrama en nuestros corazones. Esa gracia hay que implorarla incesantemente y buscarla en los Sacramentos de la Iglesia y en la oración perseverante. Así pues, “¡a Dios rogando, y con el mazo dando!”

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