ACTITUDES Y DISPOSICIONES ANTE EL SANTISIMO

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¡SEÑOR, YO CREO QUE TÚ ESTÁS PRESENTE EN LA EUCARISTÍA!

He aquí un elenco de actitudes o disposiciones que hay que tener en cuenta en relación al Señor, realmente presente en el Sacramento de la Santa Eucaristía.

1. Cuando me preparo para ir a Su encuentro

Sobre la forma de vestir. Al ir al Santísimo o cuando voy a Misa no puedo ir vestido de cualquier manera. Cuando recibo en casa a un invitado que considero importante, o cuando se me invita a una celebración importante, ¿no procuro vestirme apropiadamente, con el mejor vestido para la ocasión, con máxima elegancia? ¿No debo hacer lo mismo cuando voy a encontrarme con el Señor? ¿No debe mi vestido externo mostrar respeto, reverencia, decencia, decoro, cuidado, cuando voy al Santísimo o a Misa? ¿Puedo ir a Misa vestido/a como si fuera a la playa, o al supermercado, o como si estuviera en casa? Quizá alguno pueda pensar para sí: “al Señor no le importa como vaya vestido/a”. Es verdad que el Señor se fija en el corazón y no en lo externo, ¿pero qué dice el descuido o la poca reverencia de nosotros? ¿Por qué le dedicamos tanto tiempo y cuidado en “arreglarnos” para ir a una fiesta, y tan poco cuando vamos al encuentro del Señor a participar de la gran fiesta de la Eucaristía? No olvidemos la parábola en la que el Rey expulsa del banquete a quien asistió sin estar vestido con traje de fiesta (Mt 22,11-14). Por otro lado no podemos olvidar a nuestros hermanos o hermanas en la fe a quienes podemos incomodar o causar alguna distracción o incluso escándalo por nuestra forma de vestir cuando vamos al Santísimo o a la Eucaristía. Un discípulo del Señor no puede pensar “allá ellos”. Somos parte de un cuerpo, lo que me toca es edificar, no desentenderme, no encerrarme en mí mismo, en hacer las cosas sin que me importen los demás. Yo debo ser ejemplo, modelo, y mi forma de vestir sobria, elegante, digna, adecuada, cuando voy a visitar al Señor o a participar de la Santa Misa no pueden ser una excepción.

Sobre el ayuno eucarístico: Quien se prepara para ir a Misa y tiene intención de recibir al Señor en la Sagrada Comunión no olvide que la Iglesia nos pide guardar el ayuno eucarístico, que consiste en “abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la Sagrada Comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas.” Están excluidas de guardar este ayuno eucarístico “las personas de edad avanzada o enfermas, y asimismo quienes las cuidan”, quienes “pueden recibir la santísima Eucaristía aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior.” (Código de Derecho Canónico, can. 919).

Sobre la confesión sacramental: La purificación interior es también fundamental para poder acceder con fruto a la Sagrada Comunión. No podemos olvidar la fuerte advertencia del apóstol Pablo, quien escribía a los corintios: «quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa.» (1Cor 11,27-28) Así pues, antes de comulgar, es necesario preguntarnos si estamos debidamente preparados para recibir al Señor en la Sagrada Comunión y examinar nuestra conciencia con humildad y sinceridad. Quien luego de examinarse “tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre o comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes.” (Código de Derecho Canónico, can. 916).

En realidad, el examen de conciencia debería ser un ejercicio cotidiano, y no debería yo esperar hasta la siguiente Misa para confesarme si sé que estoy en pecado grave. Quien toma en serio el llamado del Señor a ser santo, a ser santa, ha de buscar confesarse cuanto antes si ha caído en un pecado grave, para reconciliarse cuanto antes con el Señor, para recobrar la gracia perdida, para volver cuanto antes a la batalla y poder estar siempre preparados para poder recibir al Señor en la sagrada Comunión.

Por otro lado, hay quienes toman muy a la ligera aquello de “comulgo y luego me confieso”. El Código de Derecho Canónico, la ley que rige nuestras vidas como miembros del Pueblo de Dios, habla de que esto puede hacerse siempre y cuando “concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse”. No porque estando en Misa de pronto “siento que necesito comulgar” puedo acercarme si hace años que no me confieso o estoy en falta grave. Que de pronto me vengan las ganas o un arranque de comulgar no es “motivo grave”. Y “que no haya oportunidad” no se refiere a que “no había nadie confesando durante la Misa”, o que “me puse en la fila de la confesión pero no alcancé a confesarme antes de la Comunión”. ¿No pude buscar antes a un sacerdote para confesarme? ¿Puse de verdad todos los medios a mi alcance para confesarme antes? ¿O no puedo esperar para primero confesarme y comulgar luego, aunque ya sea en otra Misa?

Hay quienes piensan que es necesario confesarse cada vez que van a comulgar. Esto no es necesario. No tengo que confesarme cada vez que voy a comulgar si luego de examinarme honestamente mi conciencia no me acusa de un pecado grave. En este caso, el acto penitencial que hacemos al inicio de la Misa, que normalmente incluye el “yo confieso” y termina con la oración del sacerdote implorando a Dios que “tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna”, nos purifica de todos nuestros pecados veniales y nos prepara así para poder recibir al Señor en la Comunión. Por eso también, dicho sea de paso, es tan importante llegar a la hora para participar de la Misa desde el inicio.

Hay quienes piensan que tienen que comulgar cada vez que van a Misa, tanto así que creen que la Misa “no vale” si no pueden comulgar, o dejan de ir a Misa porque piensan: “¿Si no puedo comulgar para que voy a ir a Misa? La Iglesia nos enseña que aún cuando no vaya a Comulgar, ya sea por algún impedimento o por propia voluntad, hay necesidad de asistir a la Misa, porque la Misa no puede ser entendida sólo como un banquete, sino también como la actualización del sacrificio reconciliador del Señor. Y ningún fiel creyente debe eximirse de esta participación, de “estar allí”, presente en el sacrificio que el Señor actualiza por mí y por toda la humanidad, así como estuvieron presentes al pie del Altar de la Cruz María, la madre de Jesús, María la Magdalena, María la de Cleofás y Juan, el discípulo predilecto. Por lo demás, aunque la Iglesia nos recuerda que debemos asistir a Misa todos los Domingos y fiestas de guardar, en cuanto a la comunión sacramental nos enseña que “todo fiel, después de la primera Comunión, está obligado a comulgar por lo menos una vez al año”, precepto que “debe cumplirse en el tiempo pascual, a no ser que por causa justa se cumpla en otro tiempo dentro del año.” (Código de Derecho Canónico, can. 920). Así pues, aunque haya la recomendación, no hay la obligación ni tampoco la necesidad de comulgar el Cuerpo del Señor cada vez que voy a Misa.

2. Cuando entro en Su Presencia

Sobre las posturas corporales: Cuando estamos ante el Señor, en Su Presencia, hemos de arrodillarnos. Arrodillarse, por un lado, es un acto de humildad, es reconocerse criatura ante el Creador, que ante Dios uno es tan pequeño. Quedarnos parados ante Él, salvo que tenga un real impedimento para arrodillarme, es ponerme ante Dios “de igual a igual”, es no querer “humillarme”, es fruto o de una gran inconsciencia o de una gran soberbia.

Arrodillarse ante el Señor es además un acto de fe: si me arrodillo, es porque verdaderamente creo que Él está allí Presente. Los católicos, decía el Papa Benedicto XVI, «nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en Él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único (Ver Jn 3, 16).» (S.S. Benedicto XVI) Así, pues, nos ponemos de rodillas en la presencia de la Hostia consagrada, porque reconocemos que lo que aparece ante nuestros ojos como pan ha dejado de ser pan común luego de la consagración: desde ese momento es Cristo, en su Cuerpo y en su Sangre, ¡Dios-con-nosotros!

Debemos cuidarnos de no andar mirando a los demás y juzgar o condenar en nuestro corazón a quien no se arrodilla. No conocemos el motivo por el que no se arrodilla. Si nos toca, eduquemos con paciencia, con delicadeza. Pero sobre todo, cada cual debe mirarse a sí mismo y, si acaso no suele arrodillarse en los momentos indicados, cuestionarse sobre sus motivos: ¿Es por desconocimiento, porque nadie me enseñó? ¿Es porque me incomoda o duelen las rodillas? ¿Es porque me ensucio? ¿Es porque “yo no me arrodillo ante nadie”? ¿Es porque tengo un impedimento físico?

La única razón válida para no arrodillarse es por alguna incapacidad física real. En esos casos, la Iglesia enseña que uno puede permanecer de pie (o sentado, si no puede estar de pie) y en el momento en que todos se arrodillan, hacer una venia o inclinación de cabeza. Pero quien no tenga ningún impedimento físico, ¡arrodíllese ante el Señor! ¡Que doblegue cualquier resquicio de soberbia! ¡Que manifieste su fe! Y ante el pasajero dolor o incomodidad que te pueda producir de momento, recuerda que el Señor por ti se destrozó las rodillas cuando camino al Calvario cayó varias veces con la Cruz a cuestas. ¿Que se hace muy largo? ¡Recuerda que el Señor estuvo clavado tres horas en la Cruz, sufriendo indeciblemente por ti! ¿Que te ensucias? ¡Recuerda que el Señor mordió el polvo por ti!

La genuflexión

Al ingresar en una iglesia en la que desde lejos se ve el Tabernáculo y la luz roja encendida, indicando que allí está realmente presente el Señor, o al entrar en una capilla en la que se reserva el Santísimo, nuestro saludo consiste en hacer una genuflexión mirando al Sagrario. Genuflexión quiere decir “flexionar o doblar la rodilla”. En concreto, flexionamos las rodillas hasta tocar el suelo con la rodilla derecha. Este saludo al Señor debe ser bien hecho, es decir, no a medias ni a la rápida, sino hasta hincar verdaderamente la rodilla en el suelo, saludando interiormente al Señor. Lo mismo hacemos al despedirnos del Señor, antes de salir de su Presencia.

Es costumbre que no se debe perder el hacer la genuflexión cada vez que uno pasa delante del Sagrario, por ejemplo, cuando en la Misa alguien tiene que hacer una de las lecturas y en su camino tiene que pasar delante del Tabernáculo. O cuando estamos visitando alguna iglesia y pasamos delante del Sagrario o del Santísimo expuesto.

Cuando el Santísimo está expuesto, el saludo se hace arrodillándonos completamente por un instante (con las dos rodillas en el suelo, se entiende), e inclinando levemente la cabeza cuando estamos arrodillados.

Permanecer de rodillas

Ponerse de rodillas siempre ha sido la postura natural que ha asumido el ser humano ante lo que considera es una divinidad. Arrodillarse ante los ídolos es lo mismo que adorarlos. Nosotros nos arrodillamos en adoración ante el Señor, a quien reconocemos como Dios único. Arrodillarnos ante el Señor y adorarlo es al mismo tiempo «el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea.» (S.S. Benedicto XVI)

Así como el arrodillarse ante el Señor es el mejor remedio contra la idolatría, arrodillarse cuando todos debemos hacerlo es también un excelente remedio contra actitudes individualistas o autosuficientes que disuelven la unidad de quienes estamos llamados a ser uno en Cristo (Ver Jn 17,11; 21-23). Arrodillarme cuando todos lo hacen es afirmar que yo dejo de considerarme el centro de todo o superior a los demás, es dejar de lado criterios o consideraciones personales que me llevan a permanecer erguido y de pie ante el Señor y en medio de la comunidad, para hacerme parte de un cuerpo, de un pueblo, de una comunidad que unida profundamente en la caridad adora a su Señor. ¡Un gesto tan “pequeño” puede sin duda reflejar y significar tanto!

Durante la Misa hay dos momentos en los que todos hemos de arrodillarnos para juntos, como un pueblo unido, adorar al Señor que se hace presente en medio de nosotros: el momento de la consagración y el momento de la ostensión, es decir, cuando el sacerdote muestra a todos el Cuerpo de Cristo justo antes de la Comunión.

El primero es en el momento en que, luego de elevar el pan y vino a Dios, el sacerdote pronuncia la oración por la que invoca la fuerza del Espíritu de Dios sobre las ofrendas, haciendo descender sus manos lentamente sobre el cáliz y la patena. En ese momento un acólito toca las campanas brevemente, señal de que todos debemos arrodillarnos. ¿Hasta qué momento debemos permanecer arrodillados? Una vez que termina la consagración ya podemos ponernos de pie. Sin embargo, en muchos lugares los fieles permanecen arrodillados hasta que el sacerdote eleva el Cuerpo y la Sangre del Señor diciendo: “Por Cristo, con Él y en Él…”, algunos antes, otros después. Lo que debemos hacer es seguir la costumbre del lugar, ponernos de pie cuando todos se ponen de pie, como signo de unidad con la comunidad en la que participo de la Santa Misa.

El segundo momento es poco antes de la Comunión, cuando el sacerdote se arrodilla antes de mostrar la Hostia y el Cáliz proclamando: “Éste es el Cordero de Dios…”. También en ese momento un acólito toca brevemente las campanas, indicando con ello que es el momento de arrodillarnos. Este momento es un momento apropiado para rezar y prepararnos para recibir al Señor en la Comunión. Al regresar de comulgar es conveniente que vuelva a ponerme de rodillas y rece en silencio, para agradecerle al Señor por venir a mi “casa”, por nutrirme con su mismo Cuerpo. En esta oración después de la comunión el creyente «sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza», se alimenta de Aquél que nos libera y nos transforma. Es momento también para pedirle mucho que me fortalezca en mi caminar, que me sostenga y acompañe, y que me ayude a expresar con gestos concretos de caridad al prójimo el Amor con que Él me ha nutrido. Comer a Cristo es «dejar que entre en mí, de modo que mi yo sea transformado y se abra al gran 'nosotros', de manera que lleguemos a ser uno solo con Él.» (Card. Ratzinger)

3. Cuando me acerco a comulgar

Cuando estoy frente al sacerdote y me muestra la Hostia diciendo “Cuerpo de Cristo”, he de pronunciar claramente el “Amén”. «En hebreo, “Amen” pertenece a la misma raíz que la palabra “creer”. Esta raíz expresa la solidez, la fiabilidad, la fidelidad.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1062) Al decir “amén” estoy diciendo: confío en lo que me dice el sacerdote, creo firmemente que esta Hostia que voy a recibir es el mismo Cuerpo de Cristo, creo que es a Él mismo a quien ahora me dispongo a recibir. La palabra “amén” tiene pues un peso enorme, y hemos de pronunciarla por tanto con firmeza, con convicción, con conciencia de lo que estamos diciendo y de Aquél a quien tenemos ante nosotros.

Podemos recibir la comunión en la boca o en la mano. Al recibir la Hostia en la boca debo abrir suficientemente la boca y sacar un poco la lengua, para que el sacerdote pueda depositar allí la Hostia sin dificultad.

Si voy a recibir la Hostia en la mano para comulgar, debo asegurarme previamente de tener las manos limpias. Cuando estoy ante el sacerdote pongo la palma de la mano izquierda abierta sobre la derecha y elevo mis manos mostrándolas al sacerdote para que deposite allí la Hostia. Recibida la Hostia, doy un paso al lado, de cara al altar, tomo la Hostia con la mano derecha y la llevo a mi boca. Inmediatamente debo fijarme que no haya quedado ninguna partícula en la palma de mi mano, en cuyo caso debo llevarla también a mi boca.

[Hasta aquí he llegado hoy, 18/6/09. Agradezco los comentarios que me han hecho llegar, Dios mediante los iré incorporando en este subsidio, que seguirá en desarrollo. Si tienes alguna pregunta o comentario sobre lo desarrollado, ¡no dudes en enviarla!]

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Comentarios

postura durante la adoracion

muchas veces durante la adoracion al santisimo observo que las personas se postran en el suelo con la cabeza tocando tierra quisiera saber si esta postura es correcta y que significado tiene dicha postura durante la adoracion.

Es cierto que no debemos dar la espalda al Santisimo expuesto?

Que de cierto hay en esto? he visto que muchos visitantes al Santisimo cuando salen del recinto lo hacen mirando el sagrario o con la mirada hacia abajo y caminando hacia atras sin darse vuelta, retocediendo lentamente. Es necesario esto? lo entiendo como una expresion de respeto pero no se si es necesaria y como yo no acostumbro hacerla muchas veces siento que poria estar faltando el respeto o que puedo ser criticada. Yo siento necesario tomar en serio la actitud y genuflexion arriba mencionadas pero me queda esta duda.

Hola. Me alegro mucho que

Hola.

Me alegro mucho que hayan puesto por escrito los detalles super importantes que hay que tener en cuenta durante la Eucaristía. Me parece que éso ayuda a los fieles a entrar en sintonía con lo que allí se vive y sobre todo dejar cabida a maravillarse en la presencia de Dios hecho pan y vino. Quizá sería bueno también hablar sobre dos cosas: 1º que hay frases durante la misa que sólo debe decirlas el sacerdote y otras que los fieles deben acompañar.

Muchas gracias por el texto enviado.

Repartición

Sería estupendo si se pudiera imprimir este artículo y repartirlo en la puerta de todas las capillas posibles antes de la misa. Estoy segura que cambiaría la actitud de tantos hermanos.
Gracias al autor por enseñarnos a comportarnos adecuadamente frente a nuestro Padre. Dios lo bendiga

ACTO DE COMULGAR

Padre, un comentario, mi abuelita y mi madre me cuentan que antiguamente uno tenía que arrodillarse para comulgar, osea en el momento que estás frente al sacerdote quien te va a dar la Sagrada Hostia, lo cual me parece una práctica muy piadosa y de reverencia para con Jesus Sacramentado. ¡cómo no arrodillarse frente al Señor más aun cuando uno lo tiene en frente! Yo he observado que en sus primeros meses o años de Papa, S.S. Benedicto XVI daba de comulgar a la gente de pie y a algunos les daba la Sagrada Hostia en las manos. Pero ahora, he observado que de un tiempo a esta parte, ponen un reclinatorio para que la gente se arrodille y comulgue en la boca. ¿Por qué no hacemos esto en nuestras Misas?
En el Señor,

Milagros

Estupendo mensaje

Que importante es educarnos sobre nuestras actitudes y comportamientos, que Dios bendiga su trabajo