«VENGAN CONMIGO, Y LOS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES» (Tema de la semana)

El mar es el hábitat propio de los peces y de toda criatura marina, mas no del ser humano. Éste se ahoga y muere si desprovisto de cualquier instrumento para respirar permanece sumergido en la profundidad de las aguas. Esto es lo que figurativamente sucede con el hombre cuando decide apartarse de Dios y peca: se sumerge en la profundidad del mar, se destruye a sí mismo. El pecado es un acto suicida. En efecto, el hombre sin Dios, roto por la miseria del pecado, hundido en la muerte, «tiene nombre como de quien vive, pero está muerto» (ver Ap 3,1). Es interesante saber que en la mentalidad hebrea el mar era el símbolo del domino del mal y de la muerte.

Ser pescador de hombres es buscar arrancar al hombre de una situación de muerte en vida para llevarlo a participar de la Vida verdadera, la vida feliz a la que está llamado. Es lo que el Señor Jesús, Dios hecho hombre, ha hecho por nosotros: rescatarnos, arrancarnos, por su encarnación, muerte, resurrección y ascensión, de las profundidades de la muerte, del dominio de las tinieblas y del pecado, para llevarnos al ámbito propio de nuestra existencia: la tierra firme, al lugar donde el hombre puede respirar ampliamente, donde la luz del Sol, que simboliza a Cristo mismo, hace resplandecer plenamente para nosotros la hermosura de la creación, donde ese mismo Sol nos calienta y nos da Vida verdadera. El Señor Jesús es el Pesador de hombres por excelencia.

Ahora bien, el Señor ha querido asociar a su misión a todos los que por Él han sido rescatados ya del pecado y su dominio. A ti y a mi, a todo bautizado, nos dice también hoy: “ven conmigo, y te haré pescador de hombres”.

Mas algunos, como los fueron los apóstoles Pedro, Andrés, Santiago y Juan, son llamados con una vocación muy particular. Es un llamado que implica dejarlo todo por seguir a Cristo, un llamado a dedicar y entregar su vida completamente al anuncio de Su Evangelio.

Este llamado nunca puede ser tomado –y esa es la perspectiva del mundo– como una maldición. Al contrario, el creyente sabe bien que se trata de signo de un amor muy especial de Dios para con el elegido (Ver Jer 31,3), una enorme bendición tanto para él/ella como para su familia.

La tarea de rescatar al ser humano de su miseria más profunda, de ser pescador de hombres, es hermosísima. En realidad, es la misión más importante que puede existir sobre esta tierra. El apóstol se afana con Cristo por liberar a sus hermanos humanos del dominio del mal, del pecado y de la muerte para ganarlos para la vida plena. Su tarea es la de llevarlos al encuentro con el Señor Jesús, ayudarlos a reconciliarse con Dios para que también ellos puedan participar de su misma vida divina, para ayudarlos a ser hombres y mujeres de verdad. ¿Puede haber misión más grande que esa, que implica participar de un modo privilegiado de la misión que Dios mismo confió a su Hijo único, el Hijo de Santa María?

MEDIOS CONCRETOS

1. El Señor a todos los bautizados nos dice: “ven conmigo, y te haré pescador de hombres”. En primer lugar nos invita a acompañarlo, a ir con Él por el camino, andar en su presencia, a aprender de Él, observándolo, conociéndolo, escuchando sus enseñanzas, viviendo la amistad que se nutre en el diálogo, en el compartir de las penas y alegrías, de los triunfos y las adversidades. ¿Cómo logro todo eso? Conociendo cada día más a Cristo, leyendo y meditando los Evangelios, leyendo algún buen libro que trate sobre la vida de Jesucristo. Asimismo es fundamental guardar como hizo María las enseñanzas de su Hijo en la mente y en el corazón, para luego en la vida cotidiana “hacer lo que Él nos dice”, pensar y vivir de acuerdo al Evangelio. La vida de oración es fundamental. Persevera, no la dejes de lado por ninguna razón. Finalmente, para “ir con el Señor” es esencial la vida sacramental: la comunión dominical y la confesión frecuente.

2. Quien va con el Señor de camino, quien lo toma como Maestro y Señor, se asemeja cada vez más a Él. Así aprendemos de Cristo a ser “pescadores de hombres” y experimentamos su mismo impulso y urgencia de trabajar por la reconciliación de los hombres. ¿Hago apostolado? ¿Anuncio al Señor Jesús? El discípulo de Cristo es por naturaleza apóstol. Pídele al Señor cada día que crezca en ti el celo de anunciarlo, y busca concretar ese ardor en el apostolado directo.

3. Si diriges un grupo, persevera en el apostolado que te ha tocado. Sé responsable. De tu propio encuentro con el Señor, de tu perseverancia y constancia, de tu preparación y preocupación depende que esas personas a ti confiadas se encuentren verdaderamente con el Señor Jesús y perseveren en su vida cristiana.

4. Si el Señor, que conoce tu corazón, que sabe para que estás hecho/a, te dirige su mirada cargada de amor y te dice: “Ven conmigo, y te haré pescadores de hombres”, no dudes en responderle. Ten el valor y el coraje, así como la confianza en el Señor, para dejarlo todo por el Señor, para anunciar Su Evangelio con la radicalidad de una vida entregada totalmente a Él. Recuerda que si el Señor te pide darlo todo por Él, ¡Él te dará cien veces más, y luego la vida eterna! Medita: Mc 10,29-30. Confía en el Señor, y no tengas miedo. Recuerda también que de la fiel respuesta a tal llamado depende tu propia felicidad y la de muchas otras personas, especialmente de tus familiares (aunque de momento ellos no lo vean así). ¡Una vocación es siempre fuente de muchas bendiciones para una familia que sabe abrirse a tan gran regalo de Dios!