«VENGAN CONMIGO, Y LOS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES» (Textos)
¡Pescar a los hombres! Es decir, acercarse a ellos, conocer sus costumbres y sus necesidades, saberlos esperar, saber adaptarse a sus cambios, poseer el arte de atraerlos, un corazón capaz de amarlos, la sabiduría de convencerlos. Esta es la función apostólica, el ejercicio de un ministerio paciente, ésta es la perspectiva de una expansión universal de la predicación evangélica, ésta es la tácita promesa de Cristo, que, como término de la temeraria empresa de convertir hacia Él al mundo, no por habilidad humana, sino por virtud divina, prevé, a pesar de la obstinada resistencia de los hombres, un sorprendente resultado feliz.
S. S. Pablo VI, Catequesis, 28 de junio de 1972.
Jesús les dijo: “Veníos detrás de mí y os haré pescadores de hombres” (Mc 1,17). ¡Dichoso cambio de pesca! Simón y Andrés son la pesca de Jesús... Estos hombres son considerados “peces”, pescados por Cristo, antes de ir ellos a pescar a otros hombres. “Ellos dejaron inmediatamente las redes y los siguieron” (Mc 1,18). La auténtica fe no conoce la dilación. En cuanto le oyeron, creyeron, lo siguieron y se convirtieron en pescadores de hombres.
San Jerónimo, Homilías sobre el evangelio de Marcos.
Si alguno de vosotros, queridos jóvenes, siente en sí la llamada del Señor a darse totalmente a Él para amarlo “con corazón indiviso” (ver 1 Co 7,34), que no se deje paralizar por la duda o el miedo. Que pronuncie con valentía su propio “sí” sin reservas, fiándose de Él que es fiel en todas sus promesas. ¿No ha prometido, al que lo ha dejado todo por Él, aquí el ciento por uno y después la vida eterna? (ver Mc 10,29-30).
S.S. Juan Pablo II, Homilía, 20/08/2000, n. 6.
La misión de la Iglesia continúa la de Cristo: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Por tanto, la Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión perpetuando en la Eucaristía el sacrificio de la Cruz y comulgando el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así, la Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo.
S.S. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucaristía, 22.
María renuncia a su comodidad, a sus planes, a sus seguridades, y se lanza a la gran aventura de seguir lo que Dios le pide, de someterse a lo inseguro, e incluso a lo doloroso. ¡Vaya ejemplar lección! Renuncia a lo seguro de lo que ve, por la promesa, por lo invisible, por lo que no ve. Algo intuye, algo cree saber, pero es una seguridad interior. Ciertamente Ella algo comprende; lo suficiente para decidir, pues sólo sobre la base de conocimiento podía hacer uso de su libertad. Y Dios así lo quiso. Y el Magisterio lo confirma: «María no fue un mero instrumento pasivo en las manos de Dios -enseña la Lumen gentium- sino cooperadora de la salvación de los hombres con fe y obediencia libres» (Lumen gentium, 56).
Luis Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima 2002, pp. 35-36.

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