SEÑOR: ¡QUE NO ENDUREZCA YO MI CORAZÓN! (Tema de la semana)

Ante los asombrados y maravillados oyentes de la sinagoga de Cafarnaúm, el Señor Jesús enseña «una doctrina nueva, expuesta con autoridad». ¿En qué consiste esa “autoridad”?

La palabra griega utilizada por el evangelista, ‘exousían’, significa también ‘poder’. Y así se presenta Jesús en la sinagoga y a lo largo de su ministerio público: su palabra tiene poder sobre el demonio y los espíritus inmundos (ver Mc 1,25s; Mt 8,16), tiene poder sobre las enfermedades y dolencias del hombre (ver Mt 8,8; Lc 7,7; Mc 2,10), tiene poder sobre las fuerzas de la naturaleza (ver Mt 8,24-26), tiene poder sobre la muerte (ver Lc 7,14s).

Jesús no es, pues, un maestro o un “gurú” más entre varios otros. ¡No! Él está muy por encima de cualquier maestro, sabio o iluminado, porque Él es la Palabra que desde toda la eternidad estaba junto al Padre, la Palabra creadora por la que todo lo visible e invisible fue hecho. Él es la Palabra divina que se hizo hombre para hablarnos en lenguaje humano de Dios y del hombre. Él es la Palabra que es la Vida y la Verdad que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (ver Jn 1,9).

Mas aunque el Señor Jesús tenga plena autoridad y poder sobre todo lo creado, sobre el mal y la muerte, su poder se detiene ante la libertad del hombre: su Palabra se torna ineficaz ante un corazón que se endurece y –abierta o encubiertamente– le dice “no” a Dios. Dios respeta a quien le dice: “no quiero que Tú entres en mi vida y la dirijas; yo quiero definir que es lo bueno y lo malo para mí; yo quiero ser mi propio dios”. Pero aquél que le abre con humildad y confianza, aquél que acepta al Señor y su Evangelio y se esfuerza por seguir las enseñanzas del Maestro, pronto experimenta la eficacia y el poder transformador de esa Palabra (ver Heb 12,3).

Ante Jesús y su enseñanza hoy se nos exige más que sólo una admiración, se nos exige una toma de posición y una reacción: o acepto vivir de acuerdo a lo que el Señor me enseña, dejándome transformar interiormente por el poder y eficacia de su Palabra, o endurezco mi corazón y rechazo su doctrina, viviendo de acuerdo a mis propios criterios, de acuerdo a los criterios del mundo o del mal, apartándome cada vez más de Dios, hundiéndome cada vez más en la soledad y la muerte.

¿Qué eliges? ¿Qué eliges, no sólo ahora, sino en el día a día?

MEDIOS CONCRETOS

1. La doctrina del Señor causa asombro. ¿Conozco yo lo que enseña el Señor Jesús? ¿Conozco al Señor Jesús? ¿Es mi conocimiento profundo, o superficial? ¿Qué puedo hacer para conocerlo más? No dejes de leer y meditar continuamente los Evangelios. No dejes de guardar y meditar continuamente las enseñas de Jesús, tal y como lo hacía María, para aplicarlas en tu vida cotidiana (Ver Jn 2,5). Asimismo, dedica un tiempo al día para estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica. He allí el conjunto de la doctrina que el Señor enseñó y confió a Su Iglesia, para ser enseñada a todos los hombres.

2. Cuántas veces “nos maravillamos” en situaciones en las que sentimos y experimentamos que Dios nos habla al corazón y nos dice la palabra precisa a través de una homilía o de una lectura bíblica, de un amigo/a o una persona cualquiera, o de otras maneras, respondiéndome de inmediato a alguna situación que estoy viviendo. ¿Cuál es tu actitud ante esos mensajes divinos? ¡No endurezcas el corazón! ¡Vence todo temor e inercia para actuar en la línea de lo que Dios te manifiesta y suscita en tu corazón! ¡Confía en Él! ¡Endereza el sendero equivocado. ¡Abandona el mal camino! ¡Avanza por el sendero que Él te señala! ¡Responde con prontitud y coraje a lo que te pide! Confía en que si haces lo que Él te pide y enseña, ganarás muchísimo más de lo que temes perder o dejar. ¡Confía en Dios!