SEÑOR: ¡QUE NO ENDUREZCA YO MI CORAZÓN! (Textos)
El cristianismo ha tenido en Jesús un excepcional maestro de doctrina y de vida. Jesús, llamado por sus discípulos y por la gente rabbí (es decir maestro) enseñó durante su vida terrena con una autoridad superior a aquella de los maestros contemporáneos suyos (Mc 1,22) y con una comunicación que hoy llamaríamos global. Instruyó con su palabra mediante discursos, parábolas, sentencias sapienciales… Signos elocuentes de su autoridad fueron sus obras de poder, esto es, los milagros, que tuvieron un fortísimo impacto entre los discípulos y en el pueblo, suscitando estupor y entusiasmo, pero también celos y odio.
Jesús comunicó con sus silencios, con sus miradas, con su mismo movimiento espacial: su camino hacia Jerusalén tenía precisamente una intencionalidad reveladora, pedagógica, de cumplimiento salvífico. Instruyó a sus discípulos también con la llamada al seguimiento, que significaba comunión cotidiana «con Él» (ver Mc 3,14: «estar con Él»; Jn 1,39: «se quedaron con Él»), compartir su predicación, su oración, su alegría, y su dolor, su apostolado. De tal modo, la vida de Jesús llegó a ser la vida de sus discípulos. La institución de la Eucaristía y el acontecimiento pascual fueron el cumplimiento de esta extraordinaria pedagogía de fe, que fue una verdadera osmosis vital.
Mons. Angelo Amato, El catecismo en la historia de la Iglesia.
Dios habló a su pueblo «en distintas ocasiones por medio de los Profetas, en esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo» (cf. Heb 1, 1).
Era Dios quien ponía en la boca de los Profetas las palabras que pronunciaban en su nombre. Decían lo que Él les mandaba.
Al final ha venido Cristo. Dios ha hablado por medio de su Hijo. Desde que comenzó a enseñar en Galilea, los que lo escuchaban se dieron cuenta en seguida: «No enseña como los letrados, sino con autoridad». Y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo» (Mc 1, 27).
Entonces se cumplió lo que nos dice la liturgia en el canto del Evangelio: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (cf. Is 9, 1).
S.S. Juan Pablo II, El poder de la verdad que viene de Dios, Homilía, 7/02/88, 1.
Jesús habla con autoridad, y no como los escribas y los maestros de la ley. Habla como Dios, como su palabra viva, confiriendo así a su mensaje la fuerza que brota de esta realidad. (…) Su enseñanza, además, tiene autoridad, dado que no es sólo palabra, sino también gesto. Es palabra que redime y salva. Lo demuestra el milagro hecho en la misma sinagoga de Cafarnaúm. Jesús libera al hombre del poder de Satanás, que lo lacera y lo hace esclavo, y le de¬vuelve la dignidad de persona creada a «imagen de Dios».
S.S. Juan Pablo II, Homilía, 8/02/91, 2.
La gente estaba admirada de su enseñanza. ¿Qué era la novedad que Jesús predicaba? ¿Qué decía de nuevo? Jesús no hacía otra cosa que repetir lo que ya había anunciado por medio de los profetas. Pero la gente se quedaba sorprendida porque Jesús no enseñaba con los métodos de los maestros de la ley. Enseñaba con su propia autoridad; no como rabino sino como Señor. No hablaba refiriéndose a otro mayor que Él. No, la palabra que anunciaba era su propia palabra; y si, al fin y al cabo, empleaba este lenguaje lleno de autoridad, es porque afirmaba que estaba presente en él Aquel de quien hablaba por medio de los profetas: «el pueblo sabrá que era Yo [Yahveh] quien le hablaba» (Is 52,6).
San Jerónimo, Comentario sobre el evangelio de Marcos.
Dentro de los corazones humanos crece, a veces, la oposición a la palabra, que lleva dentro de sí el poder de la verdad divina. Por eso exclama el Salmista: «¡Ojalá escuchéis hoy su voz! ¡No endurezcáis el corazón!» (ver Sal 94/95, 7-9). (…) ¿Y qué hacían los hombres? Es verdad que «se quedaban asombrados de su enseñanza», pero también se oponían a ella. Por fin creyeron poder reducirlo al silencio con la muerte en cruz; asestando un golpe mortal a la verdad que anunciaba, y que era Él mismo. Pero al tercer día se demostró que la muerte no tiene poder sobre Él. Ni sobre Él ni sobre la verdad que es de Dios.
S.S. Juan Pablo II, Homilía, 7/02/88, 4-5.
Endurece el corazón a Dios quien no se habitúa a escucharlo día a día, quien no busca continuamente esos momentos y espacios de silencio, de lectura y reflexión de su Palabra. Necesitamos hacernos el hábito de tener momentos fuertes de oración, de pasar más ratos de oración en el Santísimo, de educarnos a hacer silencio en el corazón en medio de tantas y tan exigentes actividades de cada día. Necesitamos en algún momento del día hacer un alto, abstenernos de toda actividad para sentarnos a los pies del Señor y llegarnos a Él para escuchar las palabras de vida que brotan de sus labios y fluyen de su Corazón rebosante de amor por nosotros. Si no le regalamos esos momentos, si no nos hacemos incluso violencia y reordenamos nuestras prioridades de modo que no le demos al Señor solamente el tiempo que nos sobra —si es que nos sobra— sino un momento central de nuestra jornada, tampoco escucharemos su voz, tampoco Él nos regalará con la experiencia íntima de su presencia amorosa. Sólo así nos libraremos de esa sordera que nos impide escuchar al Señor.
P. Jürgen Daum, S.C.V.
Pero no basta ponernos en la presencia del Señor, ante el Santísimo, o en un lugar silencioso y apartado, en mi cuarto o en un oratorio. También hay que hacer silencio en el corazón. ¡Cuantas veces entramos en la presencia del Señor cargados con vanas preocupaciones, abrumados con nuestros pendientes, agitados con mil ideas: apenas nos deshacemos de una distracción viene otra! ¡Cuánta bulla cargamos en nuestro interior y qué difícil se hace hacer silencio en esos momentos en que queremos ponernos ante el Señor! Y así, tan disipados como estamos pensando en todo menos en el Señor, en su presencia, en sus palabras, aquél precioso momento no pasa de ser sino un momento de escucharnos a nosotros mismos, de estar centrados en nuestros problemas, de reflexionar en miles de cosas que nada tienen que ver con lo que he venido a hacer: ponerme en la presencia del Señor, estarme con Él, meditar en su palabra, rumiarla, hacerla mía, dejarme iluminar por ella, apropiarme de ella al calor de la oración para que se convierta en un criterio firme de conducta.
P. Jürgen Daum, S.C.V.
La Eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento. Cuando Jesús anuncia por primera vez esta comida, los oyentes se quedan asombrados y confusos, obligando al Maestro a recalcar la verdad objetiva de sus palabras: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6, 53). No se trata de un alimento metafórico: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida» (Jn 6, 55).
S.S. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucaristía, 16.
María muestra en su entraña más honda la realidad de una fe viva, operante, informada por el amor. ¡Es casi como si Ella y la fe fueran una! Su fe es, pues, modélica. Su acogida al Plan de Dios ha sido incondicional, total, plenamente fecunda. No hay quien pueda parangonar la fe de María. Por eso la alabanza que más tarde en la vida del Señor le ofrecerá una mujer desconocida: «Bienaventurado el seno que te llevó» (Lc 11,27), es aceptada pero plenificada por el Señor Jesús al decir: «Más bien, ¡Bienaventurados los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen por obra!» (Lc 11,28). Bienaventurada es María pues escuchó, creyó y obró según el Plan de Dios. Por eso, dice el Papa Pablo VI en Marialis cultus, la Iglesia la propone como ejemplo a los fieles; Ella «fue la primera y más perfecta discípula de Cristo» (n. 35). La fe de María, como centro de sus misterios, es ejemplar.
Luis Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima 2002, p. 50.

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