¡USTEDES SON TESTIGOS DE MI RESURRECCIÓN! (Tema de la semana)

El Evangelio de este Domingo nos narra una nueva aparición del Señor Resucitado a los Apóstoles y otros discípulos que estaban con ellos: “Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos”. ¿De que hablaban? De un acontecimiento impactante, absolutamente inesperado para los hasta entonces desalentados discípulos: ¡el Señor Jesús se le había presentado a Simón Pedro vivo, resucitado! La incredulidad, las dudas y escepticismos ante las primeras noticias de la resurrección quedaban atrás para dar lugar a una fuerte afirmación: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!” (Lc 24,34). En este contexto, también los dos discípulos de Emaús compartieron su intensa y singular experiencia.

También hoy muchos católicos bautizados, haciéndose eco de un mundo que no cree y que rechaza a Dios y a su Enviado, viven sumidos en la incredulidad, en las dudas y escepticismos. Dudan que Cristo haya resucitado verdaderamente, cuestionan el testimonio de aquellos testigos de la resurrección de Jesucristo porque cuestionan la veracidad de los mismos Evangelios y la autoridad de la Iglesia, y viven de acuerdo a lo que creen, es decir, viven como si Cristo no hubiera muerto en la Cruz y no hubiera resucitado.

Ante esta dolorosa incredulidad de tantos hijos e hijas de la Iglesia nos toca hoy hacernos eco de las enseñanzas del Santo Padre: «la resurrección [de Jesucristo] no es una teoría, sino una realidad histórica», que «no es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del Viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba» (S.S. Benedicto XVI).

«¡El Señor verdaderamente ha resucitado!», y el Señor quiso hacer «testigos de estas cosas» (Lc 24,34) a aquel puñado de hombres y mujeres que lo siguieron y lo vieron triunfar sobre la muerte, encomendando a sus Apóstoles la misión de anunciar a toda la humanidad el don de la Reconciliación (ver 2Cor 5,18), enviándolos a predicar «la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones», para que nosotros hoy pudiésemos creer en este acontecimiento real, histórico, que transforma dramáticamente nuestras existencias.

Como ellos ayer, tú y yo somos hoy herederos del testimonio que dieron aquellos testigos de la Resurrección del Señor. No podemos guardarnos esta tremenda Noticia para nosotros mismos, sino que estamos llamados a dejar que el acontecimiento histórico de la Resurrección de Cristo nos impacte y nos transforme de tal modo que nos impulse a transmitir esta buena Nueva a cuantos podamos, con nuestras palabras pero más aún con el testimonio de una vida transfigurada por el encuentro cotidiano con el Señor Resucitado. También a ti y a mí el Señor nos pide hoy ser «testigos de estas cosas».

MEDIOS CONCRETOS

1. ¡Es preciso que yo también me encuentre hoy con Aquél que vive, con Aquél que es la fuente de mi propia vida y esperanza de mi propia resurrección! Pero, ¿cómo puedo encontrarme hoy con el Señor Resucitado? Sólo en la medida en que nos afanemos en llevar una vida espiritual intensa, poniendo los medios para que esa vida espiritual sea consistente, constante y perseverante, podremos llegar a tener hoy esa experiencia de encuentro con el Señor, vivo y resucitado, una experiencia que nos trasforme interiormente. ¡Dedicarle tiempo al Señor es fundamental! Es ofrecerle esos espacios interiores tan necesarios para que Él pueda entrar también en nuestra “casa”, presentarse ante mí y en medio de mí, de modo que teniendo esa experiencia de encuentro con Él encuentre asimismo el impulso para ser yo también hoy un decidido y convincente apóstol y testigo de su Resurrección ante tantos que hoy buscan desesperadamente a Dios.

2. La misión apostólica de anunciar al Señor Resucitado y su Evangelio a todos los hombres recae hoy sobre todos nosotros, los bautizados (Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 904-907). El apostolado es transmitir al Señor, con quien nos hemos encontrado. Pero resulta que el testimonio que damos del Evangelio resulta a veces vano «porque presentamos a un Jesús sin toda la fuerza seductora que su persona ofrece» (S.S. Juan Pablo II). ¿Por qué ocurre esto? Por nuestra falta de adhesión, nuestra cobardía en abrirle plenamente el corazón, el miedo a un compromiso mayor… y tantas otras explicaciones. ¿Dónde encontrar el valor para anunciarlo? ¿Cómo transmitir al Señor Jesús con toda la fuerza atractiva de su Persona? Sólo si Cristo vive en mí podré irradiar a Jesús, podré atraer a muchos otros hacia Él. Por ello, «si habéis encontrado a Cristo, ¡vivid a Cristo, vivid con Cristo! Y anunciadlo en primera persona, como auténticos testigos: “para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21)» (S.S. Juan Pablo II). Proponte anunciar al Señor, participando de algún modo concreto en el apostolado. ¡Dedícale tiempo y esfuerzo al apostolado!