SEÑOR, ¿A QUIÉN IRÉ? ¡SÓLO TÚ TIENES PALABRAS DE VIDA ETERNA! (Textos)

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"¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6, 67). Esta pregunta provocadora no se dirige sólo a los que entonces escuchaban sino que alcanza a los creyentes y a los hombres de todas las épocas. También hoy muchos se "escandalizan" ante la paradoja de la fe cristiana. La enseñanza de Jesús parece "dura", demasiado difícil de acoger y de practicar. Entonces hay quien rechaza y abandona a Cristo; hay quien trata de "adaptar" su palabra a las modas desvirtuando su sentido y valor. "¿También vosotros queréis marcharos?". Esta inquietante provocación resuena en el corazón y espera de cada uno una respuesta personal. Jesús, de hecho, no se contenta con una pertenencia superficial y formal, no le basta una primera adhesión entusiasta; es necesario, por el contrario, participar durante toda la vida en "su pensar y querer". Seguirle llena el corazón de alegría y san sentido pleno a nuestra existencia, pero comporta dificultades y renuncias, pues con mucha frecuencia hay que ir contra la corriente.

S.S. Benedicto XVI: Jesús sigue escandalizando, Angelus, 23 de agosto de 2009.

A la pregunta de Jesús, Pedro responde en nombre de los apóstoles: "Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (vv. 68-69). También nosotros podemos repetir la respuesta de Pedro, conscientes ciertamente de nuestra fragilidad humana, pero confiando en la potencia del Espíritu Santo, que se expresa y se manifiesta en la comunión con Jesús. La fe es don de Dios al hombre y es, al mismo tiempo, entrega libre y total del hombre a Dios; la fe es dócil escucha de la Palabra del Señor, que es "lámpara" para nuestros pasos y "luz" en nuestro camino. Si abrimos con confianza el corazón a Cristo, si nos dejamos conquistar por Él, podemos experimentar también nosotros, junto al santo cura de Ars, que "nuestra única felicidad en esta tierra consiste en amar a Dios y saber que Él nos ama".

S.S. Benedicto XVI: Jesús sigue escandalizando, Angelus, 23 de agosto de 2009

«¿También vosotros?». La pregunta de Cristo sobrepasa los siglos y llega hasta nosotros, nos interpela personalmente y nos pide una decisión. ¿Cuál es nuestra respuesta? Queridos jóvenes… Muchas palabras resuenan en vosotros, pero sólo Cristo tiene palabras que resisten al paso del tiempo y permanecen para la eternidad. El momento que estáis viviendo os impone algunas opciones decisivas: la especialización en el estudio, la orientación en el trabajo, el compromiso que debéis asumir en la sociedad y en la Iglesia. Es importante darse cuenta de que, entre todas las preguntas que surgen en vuestro interior, las decisivas no se refieren al «qué». La pregunta de fondo es «quién»: hacia «quién» ir, a «quién» seguir, a «quién» confiar la propia vida.

Pensáis en vuestra elección afectiva e imagino que estaréis de acuerdo: lo que verdaderamente cuenta en la vida es la persona con la que uno decide compartirla. Pero, ¡atención! Toda persona es inevitablemente limitada, incluso en el matrimonio más encajado se ha de tener en cuenta una cierta medida de desilusión. Pues bien, queridos amigos: ¿no hay en esto algo que confirma lo que hemos escuchado al apóstol Pedro? Todo ser humano, antes o después, se encuentra exclamando con él: «¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna». Sólo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano.

S.S. Juan Pablo II, Homilía en la misa final de la Jornada Mundial de la Juventud, Roma, 2000, 3.

Nosotros también seremos dignos de estos bienes si siempre seguimos a nuestro Salvador, y, si no solamente en esta Pascua nos purificásemos, sino toda nuestra vida la juzgásemos como una solemnidad, y siempre unidos a Él y nunca apartados le dijésemos: “Tú tienes palabras de vida eterna, ¿adónde iremos?” Y si alguna vez nos hemos apartado, volvamos por la confesión de nuestras trasgresiones, no guardando rencor contra nadie, sino mortifiquemos con el espíritu los actos del cuerpo.

San Atanasio, cart. 10.

Las preguntas fundamentales del ser humano: ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿Qué debo hacer? Sólo se pueden responder realmente desde el Señor Jesús, quien muestra al ser humano su propia identidad, su situación concreta, su destino, el camino y la respuesta que debe dar para realizarse como persona y alcanzar la plenitud en el encuentro de amor y comunión para toda la eternidad… Pienso que quien vive la vida cristiana puede sentirse tan seguro como Pedro cuando en un momento difícil es interrogado por Jesús y responde: "¿A dónde iremos, Señor, si sólo Tú tienes palabras de vida eterna?".

Luis Fernando Figari

Ser joven que peregrina es una realidad que no puede haber nacido sino de la convicción profunda de que Cristo es real; de que sólo Él tiene palabras de vida eterna, que Él es el único que ofrece esperanza para el futuro de la humanidad; que Él es el Señor de la Vida, el Señor de la Historia, el Señor de mi propia vida y el Señor de mi historia personal. Es estar convencido que Cristo es mi Salvador. Ser joven que peregrina es recorrer el camino de la fidelidad, es adherirse intensamente al Señor Jesús, acogiendo su amor, expresando su amor.

Luis Fernando Figari

La vida de Cristo resucitado se distingue por su potencia y su riqueza. El que comulga recibe la fuerza espiritual necesaria para afrontar todos los obstáculos y todas las pruebas, permaneciendo fiel a sus compromisos de cristiano. Saca, además del sacramento, como de una fuente abundantísima, continuas oleadas de energía para el desarrollo de todos sus recursos y cualidades, con un ardor jubiloso que estimula la generosidad.

S.S. Juan Pablo II

En la pregunta de Pedro: “¿A quién vamos a acudir?” está ya la respuesta sobre el camino que se debe recorrer. Es el camino que lleva a Cristo. Y el divino Maestro es accesible personalmente; en efecto, está presente sobre el altar en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre. En el sacrificio eucarístico podemos entrar en contacto, de un modo misterioso pero real, con su Persona, acudiendo a la fuente inagotable de su vida de Resucitado.

S.S. Juan Pablo II

Demos, hijos y hermanos, suma importancia a la Eucaristía en la santa Misa especialmente, corazón de nuestra religión, y en la comunión con Cristo, Pan de vida, que ella nos ofrece, y habremos dado a nuestra fe su expresión más alta, a la Iglesia su genuina vitalidad, a nuestras almas la escuela y el alimento de nuestra santificación, al mundo mismo el faro de su unidad y de su paz.

S.S. Pablo VI

Es precisamente aquí, carísimos Hermanos, Hijos e Hijas, donde se impone una respuesta fundamental y esencial, es decir, la única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A él nosotros queremos mirar, porque sólo en él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna».

S.S. Juan Pablo II, Redemptor hominis, 7.

«Eterna» es la vida que Jesús promete y da, porque es participación plena de la vida del «Eterno». Todo el que cree en Jesús y entra en comunión con El tiene la vida eterna (cf. Jn 3, 15; 6, 40), ya que escucha de El las únicas palabras que revelan e infunden plenitud de vida en su existencia; son las «palabras de vida eterna» que Pedro reconoce en su confesión de fe: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69). Jesús mismo explica después en qué consiste la vida eterna, dirigiéndose al Padre en la gran oración sacerdotal: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3). Conocer a Dios y a su Hijo es acoger el misterio de la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la propia vida, que ya desde ahora se abre a la vida eterna por la participación en la vida divina.

S.S. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 37.

Un día, en Cafarnaúm, cuando muchos discípulos abandonaban a Jesús, Pedro respondió a la pregunta de Jesús: «¿También vosotros queréis marcharos?», diciéndole: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,67-68). En esta Jornada de la juventud en París, una de las capitales del mundo contemporáneo, el Sucesor de Pedro acaba de repetiros que estas palabras del Apóstol deben ser el faro que os ilumine a todos en vuestro camino. «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). Más aún: no sólo nos hablas de la vida eterna. Tú mismo eres la vida eterna. Verdaderamente, tú eres «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).

S.S. Juan Pablo II, Homilía durante la vigilia celebrada en el hipódromo de Longchamp el sábado 23 de agosto, 1997, 8:

El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: «Es duro este lenguaje, ¿quien puede escucharlo?» (Jn 6, 60). La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67): esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene «palabras de vida eterna» (Jn 6, 68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a El mismo.

Catecismo de la Iglesia Católica, 1336.

Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6, 54). Esta garantía de la resurrección futura proviene de que la carne del Hijo del hombre, entregada como comida, es su cuerpo en el estado glorioso del resucitado. Con la Eucaristía se asimila, por decirlo así, el «secreto» de la resurrección. Por eso san Ignacio de Antioquía definía con acierto el Pan eucarístico «fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte».

S.S. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 18.

Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: “no dudéis, fiaos de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su Cuerpo y su Sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así ‘Pan de Vida’”.

S.S. Juan Pablo II